
Una nueva vida
Aldea del Río, 1478
Dumma: narrador
De cómo se organizó mi nueva vida.
Y mi vida sufrió una revolución. Nada más terminar la fiesta de la Elección, Sisa me llevó a la casa que nos habían preparado. Resultó ser una casa antigua en el barrio de las alfareras, la casa tenía cuatro habitaciones independientes, en medio un patio con árboles. Desde una calle estrecha se entraba en la primera habitación, a la izquierda la hoguera de la cocina y en la estantería con cacerolas, sartenes y cuencos. En la pared de la derecha se apilaban, en varias alacenas, las vasijas con maíz, frijoles, ají, maní, etc. Una estera separaba un espacio para el dormitorio. Una puerta comunicaba con el patio -enfrente- el taller de alfarería con su horno, a la izquierda, las dos pequeñas habitaciones, para niños y niñas cerraban el patio. Si la casa hubiera sido nueva no tendría edificadas las habitaciones de los niños, los padres las harían cuando las necesitaran. Esta casa había sido utilizada por una madre alfarera, que se había trasladado a otra más cercana del templo, cuando murió su madre. Y ahora era la nuestra.
A mí me agradó, y a Sisa también, aunque me dijo que le habría gustado más que fuera una casa nueva. Nos la habían arreglado, especialmente el techo, que era nuevo, olían a verde: las totoras, el carrizo y las palmas que lo cubrían. Al suelo le habían echado una nueva capa de tierra. En resumen, todo para mí estaba muy bien.
Y empezamos. Era costumbre que el recién casado, estuviera durante doce Plenilunios en la Aldea del río, luego se incorporará, con los demás padres, a la Aldea del Mar. Ese año se presentaba lleno de novedades. Sin darme cuenta dejé de estar constantemente con Sisa, yo seguía con los jóvenes, dedicado a cosas tan variadas como llevar a las llamas a comer por los alrededores, viajar a la Aldea del Mar para traer y llevar cosas. En cambio, Sisa, empezó a trabajar de alfarera, es verdad que le costó bastante: su horno demoró en encenderlo hasta dos meses después. No paraba en casa, o estaba con su madre o en el taller de alguna alfarera. Mucho tiene que aprender.
La mayoría de los días nos vemos al atardecer a orillas del río, de allí nos íbamos a nuestra casa, durante el día casi no nos veíamos. Yo salía de casa al amanecer a realizar mis trabajos y dejaba a Sisa casi siempre refunfuñando, queriendo acompañarme, pero ella debía empezar a fabricar los objetos de barro que le mandaba la jefa de las alfareras. Bueno, ya lo he dicho, le constó comenzar.
Una tarde yo jugaba con los más jóvenes en el río, hasta que me di cuenta de que iba anocheciendo y Sisa no aparecía. Tendría que ir a buscarla, o tal vez no. Me acerqué a la MAMA-COYA Kusi que ya se está marchando.
-MAMA-COYA - le dije - Sisa no ha venido esta tarde.
Ella me miró con extrañeza.
-Corre a vuestra casa a ver que pasa.
Y corrí con creciente preocupación ¿Qué puede haber pasado? Llegué a la casa llamándola y no me contestó nadie. Pero Sisa salió del taller al patio, con toda la ropa llena de barro y la cara llena de enfado.
-¿Qué ha pasado? No te he visto en el río.
-Para ríos, estoy yo - me replicó casi a gritos-.
-¿Pero qué es lo que pasa?
-Esta mañana he tenido un problema con la jefa. ¿Te parece normal que me haya roto en mis narices el cántaro que me costó, todo el día de ayer, hacerlo?
-¿Pero por qué se ha portado así?
Sisa seguía vociferando y yo no sabía cómo consolarla.
-Ayer me mandó hacer un cántaro para el ají que le había pedido una madre. Esta mañana se lo he llevado y nada más verlo me ha dicho que la figura del ají, que tiene que estar hecha en barro y pegada al cántaro, no parecía un ají. Yo lo había hecho sin molde, pero me parecía adecuado.
-¿Pero por casualidad no tienes ningún molde del ají?
-Pues no, no tengo todavía ningún molde, pero no lo creía necesario. Y esa bruja me repetía una y otra vez que yo para ser la MAMA-COYA tenía que aprender hacer las cosas bien.

-Algo de razón tenía - le dije.
-Sí, ponte de su parte.
-Sisa ¿Qué es lo que has hecho para solucionar el problema?
-Fui al taller de mi madre y sin decirle nada, le cogí el molde del ají y llevo todo el día con el dichoso cántaro. Hace un rato lo he metido en el horno.
-Bueno, pues si ya lo has conseguido, aunque ya es de noche, ven conmigo al río, tienes que limpiarte.
-Pero, por qué te empeñas, no tengo ganas.
Con buenas palabras poco a poco la convencí y allí fuimos los dos, camino del río, a la luz de la luna. Al llegar seguía enfadada, me quité la túnica y la ayudé a ella. Me metí en el agua y ella se quedó sentada sobre una roca. Desde el agua, la llamaba haciendo como que me ahogaba y como no reaccionaba continué nadando hasta la otra orilla. Salí por el arenal y con gestos y gritos la llamé. Al poco, ella se metió en el agua y avanzó con agilidad hacia donde yo estaba.
Cuando llegó le comenté.
-¿Qué te ha parecido como he nadado yo? Verdad que soy un buen alumno ¿Recuerdas como me enseñaste?

Abrazándola, la besé y nos tumbamos en la arena. Millones de estrellas cubrían el firmamento, pero ella continuaba enfadada. Yo ya la iba conociendo y sabía que era muy dura, muy rígida, tendría que pasar un poco más de tiempo antes de reaccionar y más en esta ocasión en que le habían tocado el orgullo, y ella era muy orgullosa. Por eso me sorprende cuando comentó:
-Aunque todavía me duele, la jefa tenía razón -y en broma afirmó- cuando sea MAMA-COYA no la expulsaré de la Aldea como llevo maquinando todo el día.
La abracé y nos revolcamos por la arena hasta que ella se zafó y corrió hasta el río, cientos de ranas saltaron con ella, luego salté yo.
Nadamos para un lado y para otro, hasta que el frescor de la noche nos hizo tiritar. Salimos del agua y corriendo nos fuimos a nuestra casa. Sacó el cántaro del horno, comimos algo y nos fuimos a dormir.
Me sentía inquieto, con zozobra, como si presintiera que algo me iba a suceder, tantos días de tranquilidad preludiaban cambios. Aquel tiempo de asombros terminó con una sorpresa mayor. Como cada tarde bajé al río, el día había sido especialmente caluroso, el aire se estancó desde la mañana y ninguna nube nos protegía de Inti. De camino al río recogí algunas chirimoyas, maduras y calientes, que refrescaré en el agua antes de repartirlas entre los niños, llegué con las manos llenas, procurando que no se me resbalara ninguna y las madres se fueron incorporando. Llegó Sisa, platicando con mi hermana Duchicela. Cada vez se las notaba más unidas. Desde lejos me divisaron. Sisa avanzó por la ribera del río hasta donde yo estaba. Salí del río y abrazándola, la besé.
-Duma, me parece que estás muy despistado y como siempre ¿no te das cuenta de nada?
-¿De qué me tengo que dar cuenta?,
-Pues aunque estés muy despistado, vas a ser padre.
-¿Sisa, estás segura?
-He hablado con mi madre y ella me ha dicho que dentro de seis Plenilunios seré madre. Ella tiene experiencia y no se equivoca.
La abracé y puse mi mano sobre nuestro hijo. Y aquella tarde corrió, como el agua de las cascadas, la noticia por toda la Aldea. Todo el mundo me felicitaba con alegría.
Por la noche Sisa me preguntó cuando estábamos acostados:
-¿Tú qué quieres que sea, niño o niña?
Yo no había pensado nada, pues creía que ese asunto no era de mi incumbencia, pero le dije:
-Si yo pudiera elegir diría niño. Aunque me da igual, siempre que se parezca a mí.
-Eso es imposible, tú solo has despertado a uno de los hijos que yo ya tengo preparados.
-Es lo que decís aquí por qué en mi pueblo lo que sabemos es otra versión, yo lo he hecho y lo he puesto dentro de ti para que lo alimentes y cuides, hasta que nazca y por eso se tiene que parecer a mí.
-Eso ya lo veremos.
-Yo tendré razón si tiene mis rasgos y mi pelo.
Pasó el tiempo y cada vez era más notorio el embarazo de Sisa.
Una de sus amigas, recién casada como ella, tuvo un problema en el parto y murió junto con su hijo. Este hecho causó zozobra en la Aldea y preocupación entre las embarazadas.
Cuando yo le hable a Sisa de que también estaba preocupado, me explicó:
-¿Tú sabes lo que significa Sisa? Pues me pusieron ese nombre que significa "la que siempre vuelve a la vida", porque cuando tenía tres años estuve muerta.
-Eso nunca me lo has contado.
-Porque hace ya mucho tiempo. Yo estaba en el río con otros niños y nos alcanzó un árbol que venía flotando, arrastrado por el agua, una rama me golpeó y me hundió. Ante los gritos varias madres se lanzaron a ayudarnos. Y sé que una me sacó, ¿Imaginas quién fue?
Yo quedo desconcertado pues no se me ocurre quien pudiera haber sido.
-Pues la bruja a la que estuve durante todo el día pensando que la expulsaría de la Aldea. Cuando el otro día estábamos en el río, en medio de mi enfado me acordé de lo que ella había hecho por mí. Me tendió en la arena de la orilla y con desesperación me zarandeó, yo seguía sin respirar, estaba muerta. Hasta que llegó mi madre y empezó a golpearme, eché agua por la boca y tosiendo comencé a respirar. Yo ya me he muerto y no puedo volver a morir.
Ella estaba muy segura y no tenía sentido preocuparla, aunque yo seguía pensando que había algún peligro, cuando me explicaron que en la Aldea habían muerto tres madres al dar a luz. Aunque también es verdad que en ese tiempo habían nacido cientos de niños sin problemas.
Pasó el tiempo y cada vez a Sisa le resulta más fatigoso el trabajo, pero todas las tardes la acompañaba a orillas del río. Sisa se echaba y chapoteaba en el remanso de agua, donde apenas fluía la corriente y había muy poca profundidad; el frescor la relajaba. A nuestro alrededor los niños y las madres jugaban y charlaban animosamente.
Una tarde Sisa, sentada dentro del río, empezó a quejarse de dolores, aunque según la opinión de las madres todavía le faltaban algunos días:
-Creo que me ha llegado el momento.
Yo comencé a gritarles a las madres, cada vez más nervioso, Acudieron con premura: una era de la opinión de sacarla del agua, mientras que otras pensaban que lo mejor era dejarla donde estaba, así opinaba la MAMA-COYA Kusi que acaba de llegar.
El agua se enturbió alrededor de Sisa, la MAMA-COYA me dijo que la agarrara por los hombros, todo fue muy rápido y ayudada por la MAMA-COYA nació nuestra hija
Con el nacimiento de mi hija, comenzó lo que en la Aldea se llamaba el Plenilunio del Padre, durante ese tiempo el padre se quedaba en la Aldea dedicado a cuidar a su hijo recién nacido. Era una costumbre muy interesante, porque hacía que el padre se sintiera más unido al hijo. Por supuesto, que habían sido unos Plenilunios más, el tiempo que el recién nacido había estado dentro del cuerpo de la madre. Pero eran suficientes para que el padre le pudiera: oír cuando lloraba, mirar cuanto sonreía y acariciar cuando dormía.
Como siempre había algún padre con esa misión en la Aldea, yo ya sabía en qué consistía, pues los había visto durante este año. Cada mañana cuando el alba apagaba las estrellas me levantaba para llevar a mi hija al río donde la bañaba, luego la llevaba a su madre para que la alimentara y durante el día la contemplaba mientras duerme y jugaba con ella, y ya por la tarde la volvía a bañar en el río.

Desde los primeros días se dejaba sumergir y quedaba con los ojos abiertos mirándome y manoteando queriendo nadar. Yo nunca la soltaba, pero nunca, nunca. La verdad es que eso fue al principio cuando le ponía la mano debajo de su barriga y ella flotaba y pataleaba. Me hacía ver que disfruta en el agua cuando la sacaba, rompía a llorar, deseando quedarse. Para mí era disfrutar de mayor intimidad con mi hija, a veces estábamos solos los tres: el río Virú, mi hija y yo. Cuando la bañaba, le cantaba canciones, y ella me miraba embobada, hacía mucho que no apreciaba tanto la vida como en esos momentos. Cada vez que mi hija abría los ojos era a mí al que veía. También consideraba lo frágil que era su vida y anhelaba verla ya crecida, corriendo por la arena. No es fácil que un niño sobreviva en medio de tantos peligros. Bañándola con frecuencia yo la quería hacer fuerte.
Cuando terminaba el Plenilunio de padre, la MAMA-COYA Kusi me dijo:
-Dumma ya eres padre y ya te tienes que incorporar a la Aldea del mar, con todos los padres.
No podía decir que no lo esperara, los últimos días había estado pensando muchas cosas. Despegarme de mi hija me dolía, pero sabía que tenía que hacerlo, todos lo hacían en esta Aldea. Era duro enfrentarse al día a día sin las miradas de mi niña, ni las palabras de Sisa durante tanto tiempo.
