Nuevos peligros 

Aldea del Río, 1479

Sisa (Mujer que siempre vuelve a la vida): narradora

De cómo nuevos peligros amenazan la vida de la Aldea.

Aquella mañana -con casi siempre- me detuve con mi hija en la casa de la MAMA-COYA Kusi camino del río. Su abuela la tomó en brazos y la besó en la frente deseándole un día venturoso. La llevaba en un cesto de mimbre. Al llegar al río la saqué con cuidado del cesto y la sumergí en el río, mientras limpiaba las telas con las que la envolvía.

Estaba con otra madre que hacía lo mismo con su hijo cuando vimos, en la cumbre del cerro Saraque un grupo de gente que avanzaba hacia la Aldea, era una fila interminable de personas haciendo sonar sus roncas caracolas. Aceleramos el baño y corrimos a avisar a la MAMA-COYA.

Cuando se acercaron más, vislumbre con terror, que eran soldados del Inca, llevaban los mismos ornamentos y banderolas, con que de vez en cuando llegaba a la Aldea, siempre causándonos daños.

Pero esta vez no se acercaron a la Aldea. De modo pacífico siguieron caminando hasta las Cascadas, allí se detuvieron, montando un campamento, era como una Aldea en movimiento, donde solo faltaban niños.

A lo largo de la mañana vimos cómo avanzaban, divididos en grupos de unas veinte o veinticinco personas. Solo unos diez eran soldados, eran los únicos que llevaban cascos, los otros eran porteadores, pastores de llamas y mujeres. A veces entre cada grupo había espacio y se distinguían claramente sus integrantes. Unos de los grupos era más numeroso y vimos cómo en medio, sobre un palanquín, llevaban al que pensamos sería el Jefe. Entre los grupos corrían jóvenes mensajeros transmitiendo las órdenes. Uno de esos heraldos llegó hasta la Aldea y le comunicó a la MAMA-COYA Kusi.

-El Jefe os espera en su campamento al atardecer.

Se reunió con premura el Consejo de Madres y decidieron que con la MAMA-COYA irían algunas madres y todos los jóvenes.

Al crepúsculo nos pusimos en camino, llevamos como regalos, cestos con chirimoyas y cántaros con chicha. Cruzamos las lindes del campamento moviéndonos por su asentamiento. Sobre la pradera cubierta de hierba y flores se habían instalado, cada grupo alrededor de una hoguera, algunos también montaron cabañas de esteras. Era una muchedumbre perfectamente organizada. En algunos grupos se oían risas y conversaciones, en otros había danzas al son de tambores. Los últimos en llegar todavía descargaban de las llamas los alimentos y las armas, haciendo montones: mazas, lanzas, arcos y flechas, escudos, cascos y armaduras. Nosotros avanzamos en medio de aquella Aldea improvisada. En una pequeña explanada, junto a las Cascadas, distinguimos una cabaña especialmente adornada. Allí nos dirigimos y allí encontramos al Jefe. En varias hogueras, junto a la puerta, se calentaban las ollas de barro con los alimentos: maíz con papas, yuca con cuy y ají.

Nos detuvimos y al poco se asomó a la puerta el Jefe, que nos dijo:

-Nosotros somos la guarnición de Huacho y nos han ordenado concentrarnos en Cajamarca para emprender una acción militar en la zona norte. Necesitamos alimentos para el viaje.

Aunque velada, sus palabras sonaban como una amenaza. La MAMA-COYA Kusi le entrega los regalos que llevamos, diciéndole:

-Te damos gracias porque no habéis dañado la Aldea y te prometo el tributo acostumbrado.

No había más que hablar, tendríamos que darles todos los alimentos que quisieran.

Iniciamos la comida que terminó como era habitual con danzas. Cuando ya la chicha había afectado a sus colaboradores más cercanos y al mismo Jefe, se presentó ante nosotros un Chasqui, con su gran penacho de plumas blancas y amarillas.


Chasqui
Chasqui

-Traigo un quipu para el Jefe de la guarnición de Huacho

-Yo soy -movió la cabeza el jefe.

Entonces le entregó en mano el mensaje.

-Que venga el lector de quipu - gritó el jefe- que nos lea lo que nos comunican.

Inmediatamente se presentó, ante todos los comensales, el lector y tomando el quipu comenzó a decir:

-La cuerda principal es de color rojo, por tanto es un mensaje directo del Inca. La primera cuerda dice que viene de Cajamarca, de donde salió este quipu, hace dos días. La segunda cuerda es el destinatario, el jefe de la guarnición de Huacho. La tercera manda que lleguemos inmediatamente a Cajamarca. La cuarta nos pregunta cuántos soldados forma esta expedición y cuánto tardaremos en llegar.


Cuando terminó la lectura vimos como los colaboradores del Jefe se movían nerviosos, todos sabían que tardarían en llegar, al menos diez días, una comitiva como esta difícilmente puede avanzar más de 30 kilómetros por día.

Nosotros miramos a la MAMA-COYA Kusi que levantándose hizo ademán de marcharse.

-MAMA-COYA, -la detuvo con energía el Jefe- mañana al amanecer reanudaremos la marcha, durante esta noche iremos a la Aldea a recoger los tributos.

Comenzó una noche muy ajetreada, grupos de soldados veían y se marchaban vaciando nuestros almacenes.

A lo largo del día siguiente vimos como la litera y la comitiva se ponían de nuevo en marcha. En ese momento me di cuenta de que esos soldados iban a combatir a los cañaris, que una vez más se habían levantado en armas ante la opresión del Inca. Sentí el dolor de la impotencia.

No podía olvidar que los vencidos, después de haber puesto resistencia, eran tratados con suma crueldad. Se les llevaban al Cuzco en una marcha humillante, con las manos atadas. Sus ídolos eran pisoteados por el Inca, cuando llegaban a su presencia. Los enemigos estaban encerrados en horrendas mazmorras, donde había fieras, serpientes y toda clase de sabandijas. Cuando un grupo se había resistido con especial valentía, la represalia llegaba a su extremo: hacían tambores con la piel de los vencidos, flautas con sus huesos, con sus dientes collares y con sus cráneos vasos para beber.

Volví a ocuparme de mi hija, no llegaba a nada con esos tristes pensamientos, mi niña era el futuro, un futuro que yo deseaba fuera muy distinto.


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