De vuelta a los Baños del Inca

Los Baños del Inca, 1479

Takiri: (El que crea música). Narrador

De cómo surgen nuevos problemas.

Después de varios días recogimos nuestro equipaje y nos pusimos en camino.

Más adelante nos adentramos en un bosque, donde la hierba y los matorrales empezaban a ser más altos, casi como árboles. Cada uno marchaba ensimismado en sus pensamientos, la brisa movía las hojas secas y nuestros pasos rompían el silencio, hasta que el golpear del agua en una cascada nos envolvió.

Si ya tenía frío, descender el barranco y penetrar en la nube, me empapó toda la ropa y comencé a tiritar. Seguimos adelante siguiendo la ribera del río.

Se me acercó Parina y comenzó a caminar a mi lado, a lo lejos vimos unas plantas que me parecieron extrañas.

-Parina -le dije- ¿tú conoces esas planta?, por mi tierra no las he visto nunca.

-Si, por supuesto son una de las más curiosas, la llamamos Puya, y durante decenas de años va creciendo muy lentamente. Sus hojas espinosas la hacen parecer, en la distancia, una planta común, aunque llega a medir hasta cuatro metros de altura, y que de por sí constituye un espectáculo desconocido en la aridez de la puna, pero de pronto, entre los meses de abril y julio -sin que se sepa la razón- le empieza crecer un tallo alto en el centro de la planta. Esto significa que la planta ha llegado a su madurez. Surge entonces una inflorescencia de unos 12 metros de altura que contienen unas cinco mil flores, llegan a producir más de diez millones de semillas, esto ocurre solo una vez en su vida, transcurridos entre 80 y 150 años de su lento ciclo (el promedio de crecimiento es de un centímetro al mes). Las flores son de color blanco ligeramente amarillento y a medida que se marchitan se vuelven violáceas. Durante la floración todas las reservas almacenadas en la planta están agotadas, las hojas verdes empiezan a marchitarse y adquirir un color oscuro. La planta se seca casi por completo hasta la madurez de la semilla, cada semilla conserva la capacidad de geminar durante seis meses.


Como nos habíamos detenido observando las puyas, nos dio alcance Usuy, que al escuchar de que hablábamos, dijo:

-Cuando yo llegué a los Baños, una Puya de cerca de las charcas, empezó a crecer y en unos años llego a los 10 metros. Luego a las pocas semanas nacieron unos pequeños frutos, que terminaron explotando. Las semillas volaron varios metros, muchas charcas se llenaron de semillas, por eso vimos que se alejaron hasta más de un kilómetro. Parecía que daban más de trescientas semillas por cada fruto, pequeñas y aladas. Una sola planta puede liberar millones, que el viento esparcen buscando tierra libre donde asentar las nuevas puyas. Lo peculiar de esta especie es que solo se reproduce por diseminación de semillas. Tal vez ello explica la extraordinaria producción de flores y frutos y semillas.

Una situación importante, en la larguísima vida de la puya, es el tiempo de la polinización. Si esta se malogra no habrá semillas para la próxima generación, por eso en este momento trascendental participan muchos animales: el picaflor gigante es de los que más se afana, pero también colaboran las moscas, las avispas, los escarabajos, las hormigas y las abejas que se alimentan y a veces se protegen en estas plantas, con sus espinas se defienden de ser alimento para las llamas y otros herbívoros, y son un buen refugio para los insectos.


Estamos conversando cuando nos alcanzó Duchicela con el pequeño Dumma, se habían retrasado contemplando el vuelo majestuoso de unos cóndores, lanzándose en picado hasta una pradera donde unos cuyes se dispersaban. Usuy se encargó del pequeño Dumma y poniéndoselo sobre los hombros se alejó corriendo, en medio del alborozo del niño, al verlo tan integrado en nuestro grupo, Parina me preguntó:

-¿Cómo conocisteis a Usuy? No me cabe en la cabeza, que siendo incaico esté con vosotros. ¿Por qué Usuy es incaico? ¿No?

-Si, la historia de Usuy es muy curiosa, a mí me la contó Sayri. En resumen: un cuzqueño, que por amor a Illika, una joven de las Charcas, abandonó a su familia. Si no ahora sería un consejero del Inca o uno de sus generales.

-Pues yo -casi susurra Parina- sigo sintiendo tremenda aversión, en su cara veo a los que asolaron mi Aldea y se llevaron prisioneros a mis padres.

-Pues a mí me parece una buena persona, ha sabido ganarse a todos los de la Aldea y además sabe cómo piensan y se comportan los incaicos.

En ese momento nos dio alcance Sayri, y al escuchar lo que yo decía, terció en la conversación:

-También a mí me costó al principio cuando fui por primera vez a su aldea. Lo veía como a un enemigo, pues mi misión era trabajar junto con Illika, y él parecía el marido competidor. Pronto vi que no era así, Usuy respetaba las decisiones y el trabajo de su esposa.

-Pues debe ser que a veces sin motivo, uno siente rechazo por algunas personas. Pero a mí me cae mal. Me cuesta trabajo conversar con él. Cada vez que lo miro se me hace presente el rostro de aquel soldado que entró en mi casa. Nunca había visto unos ojos tan llenos de odio, entró en la casa golpeándolo todo, con una furia incontrolada, derribó a mi madre y golpeó a mis hermanos. Ciego de pánico yo hui al ver entrar otros soldados. Aquellas escenas todavía no me dejan vivir, mis sueños se pueblan de pesadillas. Se me presenta el rostro de aquel soldado, aunque poco a poco, se va desdibujando, pero quedan sus ojos llenos de odio.

Aquel día después de correr lleno de un miedo irracional, me detuve avergonzado por no haber defendido a mi familia. Cuando volví, escondiéndome en la noche, me asaltó la tragedia: la choza estaba destruida y varios de mis hermanos yacían muertos, no había rastros de mis padres. Esa es otra de mis pesadillas: mis hermanos, dos niñas y un niño, sin vida, sobre todo, mi hermana más pequeña -mi engreída- que con sus cuatro años bien podía ser mi hija. Con los ojos abiertos, pero la mirada vacía, su pecho destrozado por la lanza que rompió su corazón. Con miedo sentí el vacío.

Por la noche, arrasado de pena, envolví sus cuerpos en telas que mi madre guardaba en un arcón, y luego los fui llevando hasta una pradera, donde los enterré lo mejor que pude. El bullicio era grande aunque apenas había amanecido cuando busqué a mis padres, grupos de soldados celebraban la victoria entre gritos y carreras. Más de uno encontré derribado por la borrachera, haciendo como que vigilaban las entradas de las chozas, a uno de ellos le quite ropa para disfrazarme. Así llegué hasta donde tenían reunidos a todos los de la Aldea y allí, entre la penumbra de las hogueras, descubrí a mis padres.

Cuando pude acercarme, mi padre, se alegró al verme pues, al no encontrarme entre los prisioneros, pensaba que estaría muerto, se acercó también mi madre y los dos me dijeron que huyera, nada podía hacer por ellos.

Merodeando por allí fue cuando os encontré, aunque mis padres ya no estaban en el pueblo.

Era el tipo de conversaciones con el que animábamos el viaje, bastante entristecido por el final de la abuela de Duchicela y por la preocupación con el niño que nos acompañaba, lo llamábamos pequeño Dumma, pero solo Duchicela y yo sabíamos que era hijo de Dumma, claramente se le parecía, pero pesábamos decir que era un huérfano encontrado en las calles de Hatun Cañar mientras buscábamos a la abuela.

Campamento junto al lago
Campamento junto al lago

El valle parecía diferente a la luz del día, cuando ayer, coronamos la cumbre y pusimos el campamento, ya era de noche. Pero ahora, ante nuestros ojos, se extendía el peregrinar lento y sinuosos de un río, bordeado de vegetación, grandes sauces cubrían las riberas, llenando de sombras la corriente, que se detenía en un lago. Una vez más, como me sucedía con frecuencia, me quedé inmóvil contemplando la belleza del paisaje, y deseando ser un cóndor para poder sobrevolar todo desde las nubes.

Al amanecer el cielo, cargado de nubes de tormenta, lo vaticina y luego durante todo el día andamos bajo el aguacero. Cuando ya estábamos empapados, nos refugiamos en una oquedad, no se podía llamar a aquello: cueva, pero al menos, el suelo estaba seco y nos la ingeniamos para encender una fogata, secar la ropa y calentarnos.

En dos ocasiones Usuy y Parina, protegidos por una tela encerada, se alejaron bajo la lluvia y volvieron con cantidad de ramas muertas, pero totalmente mojadas. Las apilaron alrededor del fuego para que se fueran secando y al rato, aunque desprendiendo humo blanco, estaban en condiciones de arder. Cuando llegó la noche cesó la lluvia, se encendieron las estrellas y la luna llena inundó el cielo. Comimos y platicamos.

-¿Takiri me ha hablado de ti, -dijo Parina- pero no sabe como llégate a instalarte en los Baños?

Eso dio pie a que Usuy empezara a contarnos su vida:

-Yo nací en el Cusco y a los ocho años ingresé en la Casa del Saber (El Yachayhuasi) donde estudian los hijos de los nobles. Allá nos reunimos jóvenes de todos los pueblos, nos enseñaban: el quechua, técnicas militares, geografía, historia del Imperio, astronomía y religión. De esa Escuela saldríamos los jefes militares, los altos funcionarios y los futuros sabios del Imperio. Allí conocí al hijo del señor de Chan-Chan, que era un joven muy ambicioso y muy poco inclinado a aceptar la autoridad del Inca. Por eso sé algo de vuestra Aldea, él no decía que el dominio de su padre se extendía hasta el río Virú.


Pero -interrumpí interesado en lo que comentaba- en esa escuela había alumnos de todas las tribus del Imperio, no eran exclusivamente del Incanato.

-No, por supuesto, -argumentó Usuy- era un modo de unificar a las distintas tribus, pues los hijos de los nobles de todas ellas, recibían las mismas enseñanzas y aprendían el idioma común, el quechua. Uno de los profesores era un amauta de nombre Chikan (Único, distinto a todos), él nos enseñó la historia de nuestro pueblo. Le gustaba, sobre todo, hablar de Pachacútec:

-Fue el gran Pachacútec quien fomentó el sistema de mitimaes -traslados- de población. Se trata de desplazar a grupos humanos -a veces lo que quedaba de una tribu derrotada- a cualquier lugar recién conquistado, allá realizan los trabajos necesarios para unificar y dar cohesión al imperio. Los desplazados colonizan, llevando las técnicas y modos de producción, enseñan las costumbres y divulgan nuestra religión. Su misión es reproducir los rasgos culturales incaicos con el objetivo de quechuizar a los recién incorporados al Imperio. Gracias a Pachacútec, sus dejaron de ser una simple tribu para forma el Tahuantinsuyo: un Estado, con distintas culturas, idiomas y religiones. El Imperio incaico logró dominar y controlar política, militar y económicamente a las demás tribus ubicadas en las laderas de los Andes. Esta transformación surgió por las victorias ante varias tribus que los rodeaban, fue una expansión fulmínate, creando un ejército muy bien entrenado y con métodos expeditivos de lucha, emboscada, asedios, espías.

Pachacutec instauró el culto a Viracocha (mar de aceite), el Creador e incluso desplazó a Inti como Dios supremo, adquiriendo Viracocha una importancia súbita pues el Inca sentía que era su protector. Pachacutec hizo que se le ofrecieran tributos y se le rindiese culto, y mando construir una estatua del tamaño de un niño de diez años, con el dedo índice extendido, como quien ordena.

Por orden expresa del Inca Pachacútec se iniciaron las grandes obras. Este soberano vio la necesidad de construir caminos con el objetivo de mantener el control sobre los territorios conquistas, se construyo la grandiosa red de caminos y los puentes, tan necesarios en esta geografía sumamente accidentada. Organizo el trabajo comunal (minka) en el que todas las familias de una aldea participaban en la construcción y luego en la conservación de los caminos, de los puentes y los Tambos.


El Cápac Ñan es un camino empedrado que cruza las laderas de los Andes, el ancho máximo de 4 metros, con puentes colgantes cruzando ríos caudalosos. Además se construyó el Camino de la Costa, con una extensión de 4.000 kilómetros. Discurre paralelo al mar y muchas conexiones le une con el Cápac Ñan. A lo largo de todos los caminos existen, cada cierto tramo, Tambos: edificaciones donde se almacenan granos y otros alimentos. Son usados por ejército incaico cuando todos los años, sale en campaña de conquista. Hablar del Qhapaq Ñan es descubrir el excelso nivel de organización que poseían los Incaicos, y también comprender cómo mediante rutas y caminos pudieron expandirse en unas zonas de geografía tan escarpadas. Gracias a este gran camino, el imperio pudo ejercer el comercio y la administración de sus dominios.


Creó y organizó el sistema de los chasquis. Por esos caminos, a pie y corriendo, circulan llevando los mensajes del Inca, de un extremo del imperio al otro, en hilos anudados, llamados "quipus".

-Tampoco -continuo Usuy- se olvidó de elogiar el uso del agua y de las terrazas de bancales. Para llevar el agua a aldeas y zonas de cultivo se creó un entramado de acequias, desde los lagos, ríos y fuentes la distribuían hasta cientos de metros, en algunos casos kilómetros. Con esa gestión surgió una fuerte sabiduría sobre el agua: la sangre de la Pachamama, ligada fuertemente con la religión y el pensamiento andino.

En la Casa del Saber, nuestros maestros iban descubriendo, las cualidades y aptitudes de cada uno de nosotros. En mi último año, yo estaba elegido para ser un alto funcionario del gobierno, pero me vine hasta los baños acompañando a mi madre. En Cusco, el médico le había recomendado para sus dolores, los baños en este lugar. Nos vinimos aprovechando, unos días de descanso, que me daban en la escuela. Nuestra estancia, estaba prevista, como máximo, que se prolongaría durante un Plenilunio, pero se fue alargando.

Con frecuencia enviábamos a mi padre mensajes sobre la salud de mi madre. Él nos replicaba, pidiéndome con insistencia, que yo me volviera al Cusco, aunque ella tuviera que quedarse, pues se reanudaba las clases y yo estaba comprometido en finalizar mi formación en la Casa de Enseñanza. Yo daba largas, pues tenía otros muchos motivos para quedarme aquí.

Un día como ya habían pasado cuatro Plenilunios, mi padre aprovechó para venir a Cajamarca con una misión del Inca. Desde Cajamarca se trasladó a los Baños, vio a mi madre bastante recuperada y decidió que nos volviéramos con él. Yo había intentado convencer a Illika, para que se viniera conmigo al Cusco, pero ella se había negado rotundamente. No estaba dispuesta a abandonar este pueblo, yo tampoco tenía mucha querencia a volver de nuevo al Cusco. Cuando se lo expliqué a mi padre, montó en cólera. No podía comprender, que yo renunciara a un cargo importante en la gobernación del Imperio, por el amor de una pueblerina, incapaz de comprender los beneficios de vivir en una gran ciudad como el Cusco, además junto al Inca. La situación fue terrible, pero yo no acepté renunciar al amor de Illika.

Mis padres se marcharon. Después de escuchar a mi padre exclamando:

-Te expulso de mi familia y de mi parentela (Ayllu). No solo dejas de ser mi hijo, además te maldigo por tu desobediencia.

Yo me quedé, trabajando en los Baños: arregló los caminos, edificó o restauró cabañas para los bañistas y últimamente me dedico también a la administración de la economía.

Con esta conversación se fue agotando el fuego de la hoguera, yo toqué la ocarina, y recordé a nuestra gente, hasta que -poco a poco- nos fuimos durmiendo.


Ocarinas
Ocarinas

A la mañana siguiente nos pusimos de nuevo en marcha, no teníamos casi alimentos, ¡más nos valdría llegar pronto a Cajamarca!, pues el hambre empezaba hacer mella en nuestras fuerzas.

Pero las cosas se complicaron.

Un atardecer bajábamos la ladera de una montaña, cuando oteamos a un grupo de soldados del Inca. Avanzaban con despreocupación, descendiendo de la cima. En ese momento nosotros estábamos desparramados, y cuando casi llegamos al fondo del valle, Duchicela, Usuy y Sayri; todavía estamos a media ladera Parina y yo. Fue Parina quien los descubrió

-Mira, Takiri - me susurró- Esos soldados se nos acercan.

Empezamos a correr cuesta abajo alejándonos de los soldados y acercándonos a nuestros amigos. Corrimos procurando hacer el menor ruido posible, tratando de pasar desapercibidos, aunque en aquel terreno pedregoso, con muy pocos matojos, era difícil ocultarse. Cuando nos vieron los soldados, comenzaron a gritar y a perseguirnos. ¡En mi vida había corrido con tanta decisión!, pero todo fue en vano, aquellos soldados corrían con fuerza, mientras que nosotros estábamos debilitados. Al dar un salto aterricé rodando entre las piedras, unos matorrales detuvieron mi caída, entonces un soldado me golpeó, poco después otros alcanzó a Parina y lo apresó rodeándolo. Por el alboroto de la persecución, nuestros compañeros que ya habían llegado al río descubrieron lo que pasaba. Usuy reaccionó con rapidez corrió ladera arriba a nuestro encuentro.

Cuando llegó una veintena de soldados nos rodeaban.

-¿Quién manda aquí?

El tono autoritario de la pregunta hizo vacilar a aquellos hombres y uno de ellos se presentó.

-Yo soy el jefe de este grupo ¿Y tú quién eres?

-Me llamo Usuy y soy oficial del ejército Inca, a todos estos los llevó al Cusco.

-¿Pero qué me dices?

-Estos, son representantes de diferentes Aldeas y van conmigo a entrevistarse con el Inca.

Ya habían llegado los demás.

-Son dos cañaris: Duchicela y Parina y dos del río Virú: Sayri y Takiri. Llevan mensajes de paz para la fiesta del Inti Raymi.

No me parece que estas palabras les convencieron, pero la actitud decidida de Usuy le amedrentó lo suficiente para forzarlos a reconocer:

-De acuerdo, pero nos parece que esta manera de viajar es muy peligrosa, sin escolta y fuera del Camino Real.

-Vamos por aquí atajando hasta Cajamarca, allí se reunirá toda la caravana. Es verdad que medio nos hemos perdido, necesitamos comida.

Para mi sorpresa aquellos soldados nos ofrecieron maíz, papas, y carne seca, pero más me sorprendió Usuy, que dirigiéndose, tanto a los soldados como a nosotros, afirmó:

-Lo mejor es que todos bajemos al río y allí podremos comer.

Yo no podía creer lo que estaba sucediendo, menos aún Parina, que no sabía ni donde mirar, viéndose acogido por soldados del Inca.

Bajamos hasta el río y, en una pequeña pradera, los soldados prepararon la hoguera y la comida, con gestos, Usuy hizo que nosotros no colaboraremos, había que mantener nuestra encomienda ficticia: auténticos representantes de varios pueblos amigos del Inca.


En el campo se podía ya recoger la quinoa, y nos dispersamos, y con las manos fue fácil recolectar unos kilos, puestos al fuego en un huaco -con agua- no tardó en convertirse en una masa muy alimenticia. Los soldados no iban camino de Cajamarca, tenían orden de unirse a un ejército que avanza hacia Chachapoyas, si hubieran ido en nuestra dirección, estoy seguro, que Usuy los hubiera convertido en nuestra escolta.

Cuando, después de comer, los soldados siguieron su derrotero y nosotros recuperamos nuestra realidad, Parina no salía de su asombro ¿Cómo Usuy había dominado la situación? Era inca y sabía manejar la mentalidad de los soldados, las órdenes de un oficial se aceptan siempre.

A partir de ese momento, Parina comenzó a ver con otros ojos a Usuy, todos nos dimos cuenta de su cambio de actitud. Empezó a respetarlo y admirarlo. Era frecuente verlos trabajar en equipo.

Como Duchicela casi siempre avanzaba ensimismada, le estaba costando asimilar la muerte de su abuela, en el silencio yo me sentía como una hormiga ante la inmensidad del paisaje, era una experiencia única recorriendo aquel lugar solitario. A veces el viento barría las nubes y, por unos instantes se veían, las cimas nevadas, de unos montes imponentes, pero en momentos las nubes lo cerraban todo, hasta los rayos del sol se debilitan. Este viaje me estaba llenando de nuevas experiencias, hasta entonces mi mundo se reducía al río Virú, ahora, con mis propios ojos, contemplaba la inmensidad de un mundo desconocido del que solo había oído hablar.

-¿En qué piensas? -me interrumpió Duchicela acercándose- tú estás sintiendo lo mismo que yo, cuando contemplé el mar por primera vez. Las nubes tan cercanas, abrazadas a las montañas, los días de lluvia incesantes, el sabor imposible de la nieve, la pequeñez de nuestra propia realidad, contemplando la inmensidad de los montes. Yo también quedé anonadada frente al mar, miraba y miraba y todavía no puedo comprender si a lo lejos se terminaba, y si se termina ¿había algo detrás del horizonte?

Una lluvia intensa y repentina interrumpió nuestra conversación. Corrimos ladera abajo hasta reunirnos con los demás bajo la protección de unas rocas. Llovía tenue, pero constantemente toda la noche, por eso continuamos acurrucados en medio de la soledad.

Lo mismo que yo, Parina, jamás había salido de su Aldea. Avistar desde el cerro la ciudad de Cajamarca, con sus palacios de paredes enrojecidas por el sol del atardecer, y sus largas calles distribuidas entre las casas de adobe. Y, sobre la loma cercana, las charcas humeantes, hacen que se detenga y exclame:

-Que pasa ¿aquel incendio puede llegar hasta la ciudad?

-No te preocupes, -le explicó Sayri- allí es donde vivimos. Aquello no es fuego, pero no te voy a decir nada, hasta que lo veas, entonces sí que vas a ver una maravilla, ni te puedes imaginar aquel regalo de la Pachamama. Cuando llegué por primera vez también me sorprendió.

Aceleramos el paso gastando nuestras últimas fuerzas, bordeamos la ciudad de Cajamarca. Parina ya tendría ocasión de conocer la ciudad, Usuy y Sayri tenía verdadera urgencia de abrazar a sus familias, nos encaminamos hacia las charcas.


Era media tarde cuando llegamos a las primeras charcas.

-Ven, Parina -dice Sayri - acércate y mete la mano en ese charco.

Parina hizo lo que le decía Sayri.

-! Esta agua está caliente¡- exclamó amedrentado!

-Pues esta es de las más alejadas de la fuente. Cuando vayamos subiendo cada una estará más caliente y así verás como humean las primeras, en ellas el agua está hirviendo.

-Duchicela ¿Qué has sabido de tu abuela? -Nos gritó a modo de saludo Illika, a la vez que abrazaba a su marido - que delgados estáis todos -exclamó mientras nos abrazaba a cada uno- ¿y este quién es?

-Para, para - la tranquilizó Usuy - ya tendremos tiempo de contar nuestras aventuras y de responder a todas tus preguntas.

-Mi abuela ha muerto -le dijo Duchicela- ya era muy mayor para superar la situación.

-Lo más urgente ahora -dijo Sayri- es comer y dormir. Yo, por lo menos, estoy exhausto -y se dirigió hacia su casa en busca de su familia- venid todos conmigo.

Nos acercamos a su casa, donde encontramos a su familia y algunos de los que habían venido en la caravana con nosotros desde la Aldea. Hubo gritos de alegría, en pocos minutos, nos sentábamos alrededor de la hoguera, era la primera comida abundante y agradable, desde que salimos hacia tierra de cañari. Al fuego pusieron varias vasijas calentando agua, en unas echaron papas, en otra: la yuca; también asaron trozos de alpaca.

Poco a poco -a nuestro alrededor- se fueron reuniendo y hablando, mientras preparaban la comida, todos miraban a Duchicela, que terminó hablando:

-Ha sido muy doloroso para mí aceptar la muerte de mi abuela. Habría deseado ayudarla. Pero ya no puedo hacer nada. En su nueva vida conocerá la intención que nos ha movido en este viaje. Los últimos días he pensado mucho y creo que ha sido lo mejor, pues ella era demasiado mayor para un viaje tan largo, si pretendíamos llevarla hasta la Aldea. Lo único que me apena es la desgracia que ha caído sobre mi pueblo. Os presento a mi primo Parina, él nos ha ayudado y ahora desea acompañarnos hasta la Aldea del Virú. Y este niño, lo llamamos pequeño Dumma, es un huérfano que yo encontré y he adoptado como hijo.

Parina, alzó respetuoso la cabeza, saludando a los presentes que se arremolinaban a nuestro alrededor, mientras el pequeño Dumma sonreía encantado al ver a otros niños de su edad.

-Yo he sufrido mucho, -afirmó Parina- durante días he estado escondiéndome, por las casas de mi Aldea, de los soldados del Inca. He perdido a toda mi familia. Al encontrar a Duchicela encontré lo que quedaba de mis parientes. Su madre era hermana de mi madre y mis primos que espero saludar en la Aldea del Virú, son lo único que me queda.

De pronto se acercó Kantuta hasta donde estábamos nosotros.


-¡Qué alegría!, ya habéis vuelto. Desde hace unos días estaba esperándoos; Yaku (Cuidador del Agua), el Gran Sanador quiere hablar con Duchicela y contigo, Takiri.

-Espero que nos deje hasta mañana -le reclamé yo- estamos muy cansados después de tanta caminata.

-Por supuesto -concedió Kantuta- no me dijo que tuviera mucha prisa.

A la mañana siguiente, en compañía de Duchicela, fui a casa de Yaku, un anciano, casi sin pelo en la cabeza, de ojos pequeños, pero de mirada intensa; con un temblor bástate visible en las manos. Prácticamente recluido en su habitación, hacia varios años que no salía. Junto a la hoguera de su habitación nos recibió, el ambiente estaba cargado de humo y olores enfermizos.

-Agradezco -comenzó a decir, levantando la cabeza- que hayáis venido, tenía muchos deseos de conversar con vosotros, sobre vuestra aldea y ese hecho tan extraordinario del poder de las mujeres.

-Cuando yo llegué -explicó Duchicela- también me resultó muy raro, yo soy cañari, y en mi tierra, los hombres ocupan todos los cargos de poder, aunque todos sabemos, como a veces dejan mucho que desear.

-Yo siempre lo he vivido así-tuve que intervenir-no es ninguna cosa extraña, además nunca he escuchado la más mínima crítica, a esta manera de gobierno. Lo que a mí me resulta rarísimo, es vuestra actitud con el agua.

-Te explicaré -comenzó Yaku, acomodándose junto a la hoguera, entre las mantas multicolores- nosotros pensamos que el agua es la sangre de la Pachamama, fluye entre las rocas vivificándolo todo. Una vez al año nos reunimos cientos de personas, llegan de muchas zonas del alrededor. Familias enteras, en un ambiente festivo, va ocupando todos los lugares en torno a las charcas. Lo primero son los bailes, después la ofrenda en al altar del agua, aquí junto a mi casa, cada familia trae su ofrenda, generalmente chicha, coca o maíz. Después todos participan en el banquete.

Las llamas engalanadas daban colorido a los Baños, con sus bufidos y carreras enardecen la fiesta, ya de por sí, animada.


El último festejo coincidió con una de las estancias del Inca Pachacutec, habían estado por la zona de los cañaris, volvían con una cantidad de prisioneros: hombres y mujeres. Los situaron fuera del recinto de las balsas, custodiados por soldados. Entre ellos algunos estaba heridos, solo habían eliminado a los que no podían andar, otros presentaban signos de haber sido azotados con crueldad, unos y otros permanecían silenciosos, como ensimismados en su desgracia. Con ello tan cerca no podíamos celebrar con alegría nuestra fiesta. Pedimos al Inca que los mandara hacia el Cusco, y conseguimos que pusiera en marcha la caravana con los presos. El Inca y su corte se quedaron para la fiesta, pero ya estaba bastante entristecido el ambiente, más cuando quiso bañarse en la primera fuente, en lo que desde entonces se conoce como el Pozo de Pachacutec.


En ese lugar solo podía entrar el Gran Sanador, únicamente el día de la fiesta, pero en esa ocasión el gran Inca permaneció toda la mañana, con su esposa y algunos de sus criados. La fiesta se trastocó, pues solo al atardecer pudieron realizar los ritos al agua. El Gran Sanador pudo lanzar, con cuencos que le acercan sus colaboradores, agua sobre el pueblo, mientras avanza con un baile de alabanza hasta la puerta del pozo.

La conversación se alargó durante la mañana, Yaku (Cuidador del Agua) no invito en varias ocasiones a chicha.


Fue un tiempo de descanso, durante aquellos días, la confianza entre Parina y Usuy se hizo más estrecha, con frecuencia se les veía pasear charlando entre risas. Usuy se había propuesto preséntale a todas las jóvenes casaderas, organizo más de una reunión en la que Parina contó cosas de su vida, ten distinta a la que vivíamos nosotros en los Baños. Un día, llegaron los dos, hasta donde yo estaba, mirando embobado, el fluir del agua de la fuente y Usuy me dijo:

-Vamos a ir a dar una vuelta por el bosque ¿quieres venir con nosotros?

-¿Pero qué vais a hacer?

-Conozco una arboleda donde suelen organizarse muy llamativos combates de pájaros. Son los "tunki", los gallitos de las rocas, una de las aves más coloridas y preciosas. Su característico aspecto de ave especial, así como su variedad de cantos los convierten en un excepcional y ya veréis como alardean delante de las hembras queriendo llamar la atención.

-Voy con vosotros -dije, poniéndome en marcha- ya me estaba cansando de no hacer casi nada en todo el día, después de tanta marcha por la sierra


Avanzamos hasta llegar a un acantilado donde vimos un conjunto de edificaciones funerarias. Cientos de ventanillas y nichos funerarios individuales similares a ventanas, horadadas en la roca de origen volcánico, llega a alcanzar entre 8 y 10 metros de profundidad. Sus entradas son de forma rectangular o cuadrangular, de 50 a 60 centímetros de altura.

Asombrados por el paisaje comenzamos a ver a los Tunki, viven siempre en pequeñas comunidades. Permanecen ocultos la mayor parte del día y solo salen del bosque en determinadas horas. Los vimos en las orillas del río bañándose y tomando agua. De tamaño mediano, unos 30 cm. El macho tiene un hermoso color rojo anaranjado intenso, ojos también anaranjados, patas y pico amarillos, negras las alas y la cola. Con una cresta en forma de abanico muy prominente. La hembra son -en general- marrón rojizo oscuro, lo que le permite fusionarse con las rocas.

-Mirad, -nos señaló Usuy-los machos se están reuniendo en aquel árbol, ese sitio yo lo llamo 'cantadero'. Fijaos como actúan.

Allí empezaron a ejecutar una especie de concurso de baile y canto. Colocados en absolutos órdenes, se exhiben ante las hembras, cada uno realizando su mejor actuación.

-La cresta -nos insinuó- cumple un papel principal: parece ser lo que más atrae a las hembras, la intensidad de su color y su tamaño.


Desde donde nos ocultábamos, vimos mucho alboroto, aleteos y trinos. Estábamos presenciando una de las maravillas de la naturaleza. Varios días después, las hembras podrían los huevos, en hendiduras del acantilado, buscando lugares inaccesibles. Aquella tarde volvimos -a los baños- comentando lo que habíamos presenciado.

Se convirtió en una costumbre, una vez al día, bajábamos a las charcas. Panti nos encaminaba a la más adecuada. En una de esas ocasiones escuché una conversación entre Usuy y Parina.

-Creo que estoy cambiando de idea -dice Parina-.

-¿De qué me hablas?

-De la posibilidad de quedarme aquí ¿Te costó mucho adaptarte a esta gente?

-Bueno mi caso es un tanto extraño, yo me quedé por Illika. Ella no quería marcharse conmigo al Cusco y yo tampoco tenía interés en volver a mi antigua vida. Habla con Sayri tal vez él necesite ayuda en su trabajo, pero díselo antes a Duchicela no vaya a ser que tenga pensado algo para ti en su aldea.

Aunque estas palabras de Parina me sorprendieron, pues siempre me parecía muy decidido a ir, con nosotros hasta la casa de su tía, a orillas del Virú. Sin embargo, esta no era una postura muy descabellada: él había vivido siempre entre el frío y la nieve, le asustaba la idea de vivir en un lugar tan seco y caluroso.

Aquella tarde en una charca cercana, Duchicela enseñaba al pequeño Dumma a nadar. Desde la orilla yo los contemplaba, veía como cada vez Duchicela estaba más alegre, parecía como si volcara sobre el pequeño Dumma todo el amor que ella había recibido de su abuela.

Al rato llegó Parina, no se le veía muy decidido, pero se acercó a orilla de la charca, se sentó y empezó a hablar.

-Duchicela, ¿Te parece que le pregunte a Sayri si tiene trabajo para mí? Llevo varios días dándole vueltas a la idea. Estaría dispuesto a quedarme en esta Aldea.

-¡Qué me dices!, Me parece muy bien -le dijo Duchicela - es una buena solución para ir adaptándote a otras costumbres. Siempre tendrás la posibilidad de ir con alguna de las caravanas hasta nuestra casa. Allí serás siempre bienvenido. No te imaginas la alegría de mi madre cuando sepa que al menos un hijo de su hermana está vivo. Os dábamos a todos por muertos ¿no te estará pasando a ti como a Usuy?

-No, pero no lo descarto, ya he visto algunas jóvenes atractivas y una me ha empezado a llamar la atención.

-Pues espabila -le comenté yo con socarronería, terciando en la conversación- no tengas que arrepentirte de haber esperado demasiado.

A la mañana siguiente Sayri nos comentó una conversación que había tenido con Parina la noche anterior. Le pareció que Parina estaba decidido y a él, le sería de gran ayuda y muy útil, pues siempre tenía mucho trabajo en el saladero.

Después de esos días de tranquilidad nos pusimos en marcha, integrándonos en la caravana, camino de nuestra Aldea.


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