DIA MIERCOLES- Tarde 

Cuando llegaron esa tarde, Doña Claudia les dijo que estaba ocupada con una visita, pero que entraran al estudio donde estaba su marido:

- Ya conocen el camino -Dijo con amabilidad.

D. Miguel casi dormitaba en uno de los sillones, pero reaccionó nada más vernos, se levantó con la agilidad de sus ochenta años cumplidos, les estrechó la mano. Encendió la computadora y mientras se ponía en marcha les dijo.

-He estado estudiando algunas cosas que menciona el Manuscrito. El gran Pachacútec y su camino.


Pachacútec es el primer inca del que tenemos alusiones históricas donde se afirma su existencia, por lo cual es considerado el primer inca histórico. Pero la relevancia de su figura y legado, ha llevado a varios investigadores a resaltar su importancia. Consiguió tales logros, que ha llegado a representar el inicio de toda una época de transición y reorganización para toda la sociedad incaica, época de cambios que continuaría -después de su muerte en 1471- su hijo Túpac Yupanqui y su nieto Huayna Cápac.


Los incaicos empezaron a expandirse por toda Sudamérica desde el ombligo del mudo: El Cusco, a partir de ese momento las redes viales se incrementaron exponencialmente hasta cubrir una extensión de casi 60.000 kilómetros.

Arranca en la Plaza de Haukaypata Inca, situada en el Cuzco, foco del poder político, social y económico del Imperio. A donde llegan personas, animales y recursos de todas las partes del mundo. Integrando y conectando la capital con todas las ciudades y aldeas, fomentando el comercio, el intercambio y la producción. Por medio de los instrumentos de administración, producción y cuarteles militares, se unen las cuatro regiones en la que se divide el Imperio incaico: Antisuyo, Chinchaysuyo, Contisuyo y Collasuyo.

Según señala Juan de Betanzos, (uno de los pocos conquistadores que aprendió el quechua y se casó con una hermana de Atahualpa, consiguiendo la amistad y las confidencias de la nobleza incaica), antes de que Pachecútec iniciase su gobierno. Se han encontrado pintados y dibujados proyectos de caminos y puentes, especificando la manera en que debían ser construidos. La obra de Pachacútec fue continuada por sus sucesores. La red vial incaica la componían tres elementos básicos: las calzadas y bordes de los caminos, los puentes y los depósitos: Tambos.

Antes que llegaran los españoles, los Incas ya habían construido 8.500 kilómetros de caminos en América. Según los expertos, es una obra comparable, nada más ni nada menos, a la que construyó el antiguo Imperio Romano. Es que fueron 8.500 kilómetros, que recorrían una buena parte de América, por las alturas de Los Andes, entre los 1.000 y los 4.500 metros de altura sobre el nivel del mar. Es una de las maravillas de la historia humana, un tesoro arqueológico y cultural.

-También he investigado sobre los cañaris, no sabía mucho de ellos, pues nadie los considera peruanos, sino más bien ecuatorianos. Después de estudiar sus relaciones con los incas, se puede decir que muchos de ellos fueron deportados a algunos lugares del Imperio Inca. Por lo que sabemos fue un pueblo mucho más antiguo, pero sin ninguna apetencia conquistadora, las distintas Aldeas solo se unían cuando había un enemigo exterior.

Tenían que aliarse para formar un frente común. Lo hicieron y lucharon contra la conquista y ocupación incaica, sin éxito. Pero siempre rechazaron la dominación y con frecuencia se sublevaron, los Cañaris engañaron y traicionaron cuanto pudieron a los incaicos, que intentaron formar, a partir de las comunidades locales, un ente "cañari", al que incluso le pusieron nombre. Para los conquistadores incaicos era un pueblo de costumbres extrañas, desde su peinado por los que lo llamaban, de modo despectivo, cabeza de calabaza hasta su religión, adorando la culebra.

En el conflicto entre Atahualpa y Huáscar, sobre la sucesión en el cargo de Inca, los Cañaris dieron su apoyo a Huáscar pues ya habían sufrido la crueldad de Atahualpa. Por desgracia, su candidato resultó perdedor y tuvieron que aguantar la ira y venganza de Atahualpa triunfante. Según la crónica de Pedro Cieza de León (1547), la masacre de Cañaris fue tan brutal que sobrevivió solo un hombre por cada cinco mujeres. Todo esto pasó antes de que los de Pizarro desembarcaron en Tumbes, es decir, antes de que llegaran los españoles al Perú. Tan pronto supieron de la llegada de aquellos nuevos participantes en el campo político-militar, tres jefes cañari fueron a Tumbes para ofrecerle su alianza, siempre con el afán de desterrar a los odiados Incas.

Desde ese momento los Cañaris colaboraron con los españoles en calidad de guías, cargadores, soldados y hasta consejeros de los nuevos conquistadores.

Es necesario decir con rotundidad que los actuales peruanos también descienden de los Cañaris, como de los Mochicas, de los Paracas, de los Chimús, de los Incas y de los Españoles. Aunque hay una canción que habla de una raza pura, somos fruto de la maravilla del amor humano.

-En el manuscrito se habla de los chasquis ¿Y quiénes eran los chasquis? - Preguntó Juan.

-Eran funcionarios de la Organización Incaica, jóvenes corredores que iban de Tambo a Tambo llevando los mensajes del Inca. Estos jóvenes, entre los 18 y 20 años, preparados físicamente -desde su juventud- para recorrer grandes distancias en el menor tiempo posible. De ellos dependía, a veces, que se suspendiera una acción militar a tiempo o llegaran los refuerzos en una batalla.

En los Tambos los chasquis descansaban mientras esperaban al chasqui que estaba en camino. En cuanto avisaban que estaba llegando, se preparaban a salir enseguida, y tomando el bolsón que el chasqui traía, así salía inmediatamente.

En sus Crónicas el Inca Garcilaso de la Vega dice: los chasquis, gracias a su velocidad y resistencia, llevaban al Inca -establecido en el Cusco- pescado fresco desde la costa. Cubriendo la distancia de unos 600 kilómetros en condiciones adversas, cruzando la Cordillera de los Andes. Para valorar un poco lo que suponía esa hazaña, hay que recordar que El Cusco está a 3.680 metros sobre el nivel del mar.


Pututu
Pututu

Llevaba siempre un Pututu para anunciar su llegada, un Kipu, donde llevaban la información, y un bolsón a la espalda, donde guardaban objetos y encomiendas. Un penacho de plumas blancas adornaba su cabeza.

-Cuando yo era escolar, nos explicaron - dijo Rosa- que los Incas no tenían escritura. ¿Los Quipus servían para transmitir mensajes?

-No se conocía la escritura con caracteres sobre una superficie. Se cree que el Quipu era un sistema equivalente a la escritura pues es posible lograr más de 8 millones de combinaciones gracias a la diversidad de colores, distancias entre las cuerdas, posiciones y tipos de nudos posibles.

El Quipu (del quechua Khipu que significa nudo), fue un sistema de cuerdas de lana o de algodón y nudos de uno o varios colores.

Consta de una cuerda principal, sin nudos, de la cual salen otras con nudos y de diversos colores, formas y tamaños. Los colores se identifican como productos y los nudos con la cantidad. Puede haber cuerdas sin nudos, como también cuerdas que no arrancan de la principal sino de una cuerda secundaria.

Su utilización más conocida es la de sistema de numeración y contabilidad. Pero podrían ser también libros con una escritura alfanumérica donde los números, simbolizados en cada nudo, representan una letra. Fueron utilizados para registrar la población de cada uno de los grupos étnicos, clasificado por sexo y edad. Las cantidades de productos guardados en los tambos y de los ganados, tierras, etc., los calendarios, las observaciones astronómicas, las cuentas de las batallas y las sucesiones dinásticas y quizás la literatura.

Actualmente se sigue investigando el significado de cerca de 600 Quipu sobrevivientes, lo que podría servir para ampliar nuestro conocimiento.

Siguieron hablando de aquellas historias tan interesantes, hasta que llegó la hora del paseo.

Al dar el primer paso en la calle, D. Miguel se santiguó, sin ostentación, pero sin disimulo, tomó del brazo a Rosa y a Juan le dio la correa de Ñusty.

-Tal vez - empezó a hablar- se han sorprendido al verme santiguar, pero esta es una costumbre que empecé a hacer cada vez que salgo a la calle, desde hace algunos años. Es lo que hacía mi abuelo. En una ocasión hasta dijo en voz alta: En el nombre del Padre... Y me dijo: cuando salgo a la calle podrías pensar que es porque yo quiero, porque a mí me apetece, cuando la verdad es que salgo porque Dios quiere.

-Esa costumbre- aportó Rosa- también la he visto en algunas personas en España.

-Pues a mí me costó empezar bastante tiempo después de ver a mi abuelo. Durante años estuve dando vueltas a unas palabras que escuché en una canción de un cantante español. Creo que Serrat, que cantaba una poesía de Antonio Machado: El Cristo de los gitanos, siempre con sangre en las manos. Y luego: que es la fe de mis mayores.

-En efecto es Juan Manuel Serrat- aportó Juan.

D. Miguel continuó:

-La fe de mis mayores. Eso me intrigaba. Y si mi problema era que yo me consideraba más inteligente que mis mayores. No podía poner en duda que mi inteligencia estaba mucho más cultivada que la de ellos, ¡solo con pensar en mi abuela analfabeta! Pero ¿y si yo tenía más verdades que ellos, pero había perdido la verdad? La verdad de mis mayores. No era más verdadera mi abuela que con su esposo rezaba cada día el rosario, o la que iba cada día a misa. No estaría yo obnubilado por la soberbia de la inteligencia. ¿No sé si les aburro con mi cantinela?

Durante estos minutos, varias personas le habían saludado, él respondió a todos, pero seguía con su verdad.

-No -le animó Juan- nos está enseñando mucho.

-Pues aquí tienen una nueva lección -levantó la vista ante los árboles de un Parque- diciendo con ironía: esta es la Plazuela de Pinillos en recuerdo de uno de los héroes peruanos, un capitán del Aire. También da nombre al Aeropuerto Internacional de Trujillo. Un personaje importante, pero su Plazuela ha quedado para parque donde suelto a Ñusty para que haga sus cosas: ríos y montaña, también corretear a su antojo.

Como veis hay bastantes niños con sus madres, a veces, con el padre y también algunas parejas de novios que pasean o se sientan a la sombra de los árboles. Es un lugar tranquilo.

Doña Claudia también se habla unido al grupo. Cuando dejaron el parque, D. Miguel le pasó la correa de la Ñusty a Juan y tomó con un brazo a su esposa y con el otro a Rosa:

-Así es como suelo ir cuando voy con Claudia y alguna de mis hijas, me siento muy bien acompañado.

-Muchas gracias, -dijo Rosa con una sonrisa socarrona- por considerarme como una hija suya.

Saludaron a muchísima gente. Como resultaba lógico, Doña Claudia era más conocida que su marido. No en vano había atendido a mucha gente del barrío en su trabajo.

De lejos saludaron a un joven con su novia, de ellos le dijo D. Miguel:

-Ese chico es nieto de unos españoles que llegaron en el año 1937 a Perú, D. Pedro era catedrático de Geografía e Historia en un Instituto de Segunda Enseñanza en Valencia y Doña Dorita había nacido en Picassent.

-Su padre -explicó Doña Claudia- había sido sastre de pueblo durante años, por lo que todos sus hijos e hijas aprendieron a cortar y coser los trajes, que se hacían los campesinos una vez al año.

-Ellos vinieron -continuó D. Miguel- huyendo de las consecuencias de la guerra en España, con dos hijos pequeños. No contaron sus peripecias durante la guerra, pues por edad ninguno había participado en el frente, pero como todos los españoles sufrieron las consecuencias. Al estar en Valencia, cuando empezó el conflicto, se encontraron en la zona republicana, de lo que se sentían orgullosos, pues la República se presentaba como el futuro democrático. Pero cuando en 1936 el gobierno se trasladó de Madrid hasta Valencia, empezaron a sentir la posibilidad de perder la guerra, pues el Gobierno daba una señal de retirada. Fue el momento en que toda la familia se trasladó a Francia, allí se enteraron del final de la guerra en 1939. La llegada masiva de refugiados que fueron retenidos en «campos de internamiento», establecidos por las autoridades francesas, llegando a encerrar a cerca de 550.000 españoles. Esos verdaderos campos de concentración se construyeron a toda prisa cerca de la frontera, con barracones y muchas zonas a la intemperie. A los prisioneros apenas se les daba comida, y nunca se les ofreció agua potable ni ropa de abrigo o para refugiarse del viento. Muchos murieron de desnutrición, enfermedades diversas.

Estaba D. Pablo Neruda como Cónsul Delegado para la Inmigración Española, por lo que participó activamente en la organización de la travesía del Winnipeg. Era el buque que consiguió para el traslado, un viejo carguero francés que no llevaba más de 20 personas de tripulación y fue adaptado para llevar a los de 2.200 refugiados españoles. Hubo que convertir bodegas de carga, en dormitorios con literas de tres plantas. El hacinamiento estaba asegurado, pero les parecía un paraíso a aquellas personas que habían pasado tantas penalidades. En París se fueron reuniendo las familias que irían en el barco. El viaje a Chile tardó 30 días, los primeros días y últimos de navegación los hicieron a oscuras, por temor a sufrir atentados de submarinos alemanes.


Travesía del Winnipeg,
Travesía del Winnipeg,

El 2 de septiembre de 1939 el Winnipeg atracó en el puerto de Valparaíso, Chile. Al día siguiente desembarcaron los españoles y fueron recibidos por las autoridades chilenas. Aunque previamente algunos se habían bajado, unos días antes en el puerto de Arica, norte de Chile, dispuestos a comenzar una nueva vida.

Un grupo de ellos se quedó en Valparaíso, pero la mayoría viajó en tren a Santiago, capital de Chile, donde también se les tributó un cariñoso recibimiento. Allí empezaron a situarse Doña Dorita y D. Pedro con sus hijos, pero hacía tanto frío, que D. Pedro enfermó. El médico le recomendó intentar vivir en una zona más cálida, en vez de Santiago podrían encontrar trabajo en el norte de Chile, tal vez en Arica o incluso pasar hasta el Perú. La zona de Trujillo era famosa por tener una eterna primavera. Como todavía no se habían instalado, le resultó fácil marchar de Chile al Perú, así que les conocimos en Trujillo, ella haciendo trabajos de costura y él dando clases particulares a algunos alumnos.

Después de detenerse en el parque le puso la correa a Ñusty y reanudaron el paseo. Por la Calle Moche siguieron hasta la Avenida de España y allí vieron una iglesia. Se acercaron y a la puerta, una señora mayor, pedía limosna. D. Miguel saludó.

-Buenas tardes, Doña Luisa, me podría cuidar a la perrita.

-Por supuesto, D. Miguel, la tendré vigilada como todos los días.

-Gracias.

Y entraron a la Iglesia, que no tenía nada especial, no era de las famosas, simplemente una parroquia de barrio. Al terminar la misa salieron. D. Miguel dio una moneda a Doña Luisa. Que se lo agradeció.

-Muchas gracias, por cuidar de Ñusty.

-Como siempre se ha portado muy bien. ¡Que Dios le bendiga!.

-Hasta mañana, Doña Luisa.

La siguiente parada habitual antes de volver a su casa era pasar una hora en la Cebichería Morena de Oro, jugando a los naipes con un grupo de amigos y tomarse un vasito de pisco.

-El médico me permite tres dedos de un vaso pequeño. Tampoco me pone pegas mi hija, que es médico en Lima.

Les habló durante el trayecto de los jugadores, sus amigos:

-Todos son jubilados, pero de las más dispares profesiones, uno era camionero, otro camarero y el más mayor fue durante años el barbero del barrio.

Pero le rondaba otro pensamiento, así que D. Miguel les dijo:

-Han escuchado en la Lectura eso de: La piedra que desecharon los Arquitectos. Yo lo interpreto pensando que arquitectos o constructores, no son los albañiles, son los que saben, los sabios, los inteligentes, los catedráticos esos son los que desechan la piedra que resulta ser la piedra angular de la bóveda.

-Miguel -dijo Doña Claudia- cambia de tema, ya les estás atosigando con tus ideas.

-Claudia, no es así como nosotros hacemos estas cosas.

-¿Pero qué me dices?

-Que hay una técnica más sutil en estos casos. ¿No recuerdas?

-Por supuesto -dijo doña Claudia mirando a Rosa con complicidad- Nosotros desde hace mucho tiempo tenemos un modo de pedir el cambio de tema. Cuando éramos todavía novios un día entramos en una discusión política, yo soy y en aquella época mucho más, de izquierdas de las simpatizantes del APRA. Y Miguel más bien bastante de derechas. El tema de discusión ya lo he olvidado, pero no el disgusto que nos duró varios días. Yo no quería volver a hablar con Miguel, me había molestado profundamente sus palabras prepotentes y cerriles. Yo jugaba en el equipo de baloncesto de Enfermería, y el domingo cuando estábamos jugando, una compañera me señaló a Miguel que como todos los domingos, estaba en la grada de espectador. Me dije a mí misma:

-No esperará que todo se olvide, como si nada hubiera pasado.

Al terminar el partido, me esperó donde acostumbraba, y volvimos a hablar. Entonces decidimos, que cuando una conversación, a alguno de los dos nos pareciera que se convertía en discusión, podía pedir, con el gesto del baloncesto, tiempo muerto. Entonces el otro cambiaba de tema inmediatamente.

-Cuando los hijos fueron creciendo -dijo D. Miguel- teníamos que hacerlo con disimulo, porque se daban cuenta y nos embromaban: Ya empiezan los deportistas, decía alguno de ellos.

-Pero el sistema - prosiguió Doña Claudia- nos ha funcionado, en algunos casos también en reuniones de amigos. Aunque cada vez lo usamos menos. Ya nos conocemos lo suficiente para saber qué es lo que nos puede molestar.

Al llegar a la Cebichería le dejaron con sus amigos.

De camino a casa Rosa preguntó:

-Doña Claudia, que tal está, de salud, D. Miguel, se le ve muy entero y se mueve con agilidad.

-Ahora está bien, lo pasamos mal hace unos años, cuando tuvo un problema de corazón, pero se recuperó muy bien, y ahora toma las medicinas que le mandaron. ¡Ya me encargo yo de que así sea!.

-Y usted -intervino Juan- ¿Qué tal está?

-Yo siempre me he cuidado y ya veis como me manejo. Pero no sé si os podéis imaginar como de guerrera era cuando joven, jugaba a baloncesto y al poco de casarnos pasé una temporada en la cárcel.

-¿Cómo fue eso? - se asombró Rosa- no me lo puedo imaginar.

-Termine Enfermería y cuando decidimos casarnos tuvimos largas conversaciones, hicimos las que Miguel llamaba Capitulaciones personales, en recuerdo de las llamadas Capitulaciones de Santa Fe entre los Reyes de España y Cristóbal Colón antes del descubrimiento. En ideas políticas no podía haber un acuerdo, solo aceptamos una tregua perpetua, que Miguel, como podéis suponer respetó siempre, a rajatabla, fruto de su plena honestidad personal, yo la rompí alguna vez, especialmente cuando había elecciones. Sobre todo a partir de la primera vez que pude votar. Tenía más de 30 años y me lo concedió ese derecho uno de los grandes enemigos del APRA, el General Odría pues en 1955 reformó la ley electoral y acepto el sufragio de las mujeres.

En el tema religioso, los dos habíamos sido educados como católicos, pero ambos, en ese momento, vivíamos en la tibia comodidad del agnosticismo si no escepticismo. No obstante en consideración a nuestras familias, decidimos casarnos en la Iglesia y bautizaríamos a nuestros futuros hijos, como a las niñas se les hacen los agujeros para los aretes, y así, si luego quieren ponerse pendientes en las orejas, tienen donde colgarlos.

Estas Capitulaciones las hicimos entre bromas y veras.

-Pero - siguió insistiendo Rosa- ¿Cómo fue eso de la cárcel?

En ese momento llegaron a la casa y Doña Claudia les invitó a un té, que aceptaron encantados pues les interesaba la historia que les estaba contando. Se acomodaron en el salón

-Yo no solo era simpatizante -siguió contando Doña Claudia, removiendo su té- sino que era militante del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), un partido político fundado en Trujillo y que había sido perseguido en algunos de los gobiernos militares. El APRA fue el primer partido que movilizó a los jóvenes y a las mujeres que todavía no tenían derecho a votar, pero que podíamos hacer mucho ruido. Funcionaban dos países en un mismo Perú, el de los hombres que se reducían a los pocos implicados en la política y el de las mujeres que no tenían ni derecho a voto. La mayoría de los hombres se mantenían alejados de la política, solo le gustaba quejarse y despotricar en las cantinas.

Miguel y yo nos casamos, fuimos de viaje de novios a Lima y a la vuelta. Con mis compañeros, organizamos una manifestación, y terminamos 15 jóvenes ante el juez. La acusación fue: actos subversivos contra el Estado Peruano, y por ello nos condenaron, aunque nosotros insistimos en que participamos en una manifestación pacífica contra medidas imperialistas del Gobierno, no estábamos contra el Estado.

De nada nos sirvió. Con otras cinco chicas fui condenada a tres años de cárcel. No tengo buenos recuerdos de esos años encarcelada. La convivencia era difícil al principio, pero nosotras seis, formábamos un pequeño grupo, dentro de las casi cincuenta presas por otros motivos políticos y las casi quinientas que penaban por causas muy variadas: robos, asesinatos. Algunas de las políticas les ayudábamos a leer las cartas de sus maridos o enamorados y empezamos a enseñarles a leer. Pero lo realmente duro era que, en el silencio nocturno, los pequeños sonidos se agrandan, yo nunca me acostumbré, todavía a veces me retumban aquellos ruidos desconocidos y terroríficos. Además una de las carceleras, una mujercilla flaca y de ojos saltones -la veía tan siniestra- que cada vez que me miraba me aterrorizaba. El tiempo se anquilosó en un perenne presente de monotonía.

Si yo todavía no estaba totalmente enamorada de Miguel, esos años fueron decisivos. Se puso de mi parte, a pesar de sus ideas,"esto es una injusticia" repetía. Pero yo le pedí que no hiciera mucho ruido, no iba a servir para nada y además él podía sufrir las consecuencias, no sería el primer expulsado de la Universidad por estos asuntos.

-¿Y estuvo usted en la cárcel los tres años? - preguntó Juan.

-Sí, salí a los dos años y siete meses, nadie me podía ayudar. A mis padres les pedí que, a mi hermano, en aquel momento era un joven oficial del ejército, le dijeran lo que yo le decía una y otra vez a Miguel. Que no interviniera en mi favor de ninguna manera.

Cuando salí de la cárcel, prometí a Miguel que mientras el APRA fuera perseguido, yo no intervendría en ninguna de sus actividades, Además muy pronto empezaron a cambiar mis obligaciones familiares.

-Hemos oído hablar de su hija de Lima, -preguntó Rosa- ¿Pero cuántos hijos tienen?

-La mayor, Dulce, es profesora de Historia en la Universidad en Piura, luego están los dos de Lima: Antonio militar y la médico Laura; otros dos aquí en Trujillo, la profesora de Secundaria, Luisa que es la mamá de Marta y el pequeño Pedro, que abandonó los estudios y ahora es taxista.


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