
Acogida de una familia de huidos
Aldea del Río, 1477
Dumma: narrador
Donde Dumma cuenta cómo llegó a la Aldea junto con su familia después de abandonar su hogar.
Muchas veces me han pedido, al anochecer al calor de la hoguera, noticias de mi historia. Me llamo Dumma y llegué a la Aldea del río con unos 12 años huyendo, junto con mis padres y mis 3 hermanos del norte, de más allá de Cajamarca.
Los Incas iniciaron la conquista de nuestro territorio hacia 1460 bajo las órdenes del príncipe Tupac-Yupanqui, durante el reinado del Inca Pachacutec y lograron someter a los pueblos de la Sierra. Ante tan tremenda opresión, todas nuestras Aldeas se unieron en un levantamiento general, pero fuimos aplastados por el hijo de Tupac Yupanqui, Huayna-Cápac. Nos defendimos, mucho les costó derrotarnos, pero luego de varios años de cruenta lucha, todas las Aldeas fueron sometidas.
Nuestro pueblo estaba formado por más de 25 tribus. Organizados en Aldeas, más o menos congeniábamos las del mismo valle y más o menos nos uníamos en la lucha con las tribus de los valles cercanos. Compartíamos una cultura y manteníamos intensas redes de intercambio comercial. Pero cada Aldea funcionaba independiente de las demás; no había una autoridad, una ley, o un poder político por encima del jefe local.
La llegada del ejército incaicos fue el motivo para unir -ante el enemigo- a todas las Aldeas, y produjo un grupo, los incaicos lo llamaron "los cañaris". Si los jefes nativos querían resistir al ejército del Inca, debían aliarse. Lo hicimos y luchamos contra la conquista y ocupación, pero fue sin ningún éxito.
. Lo hicimos y luchamos contra la conquista y ocupación de los Incas, pero fue sin ningún éxito.

Mi familia y yo vivíamos en Hatun Cañari -ahora la llaman Ingapirca- ya entonces era un gran centro religioso. Hasta allá llegó el ejército del Inca, se dice más de 30.000 soldados. Eran gente experimentada y adiestrada. Nosotros solo podíamos reclutar unos 500 hombres y además sin experiencia guerrera, fuimos derrotados con facilidad y entraron en nuestra ciudad.
En esos días aciagos, un grupo de soldados llegó a nuestra casa, agredieron a mi madre: se enfrentó a ellos protegiendo a mis hermanos. Los golpes mataron a mi hermana pequeña, refugiada en brazos de mi madre. Comenzaron unos días de terror, los soldados derribaban con saña nuestras casas.
Aunque no lo sabíamos, quien más riesgo corrían eran los niños pequeños y los ancianos, pues el propósito de los conquistadores era deportar a mujeres y hombres útiles para el trabajo.
Después de aquellos sangrientos días -una tarde- nos reunieron en la plaza y un jefe nos vociferó:
-El Inca os enviará al Cusco, allá trabajaréis en la construcción de unos palacios. No debéis preocuparos de la comida, ni del vestido. El Inca os proveerá de todo lo necesario, cuando acabéis la faena, podréis volver en paz a vuestra tierra.
Fue una noche muy larga, con constantes intentos de escapadas, nadie creía esas promesas, cada evasión finalizaba mal, pues los soldados estaban alerta.
Al día siguiente se organizó la caravana y comenzamos a transitar. Familias enteras avanzábamos bajo los gritos de los soldados por el Camino Real. Al llegar la noche, nos hicieron acampar en el mismo sendero, en una pequeña hondonada, rodeados de hoguera y soldados, atemorizados por gritos constantes y carreras en la oscuridad. Fue una noche sin luna y con mucha desesperación.

A la mañana siguiente los soldados nos despertaron entre alaridos y empujones, fueron separando a los padres del resto de la familia.
-Así seguro no intentaréis huir- Nos gritaban.
Fue un momento muy doloroso pues nos costaba creer lo que nos decían. Entre nosotros, surgieron los rumores: solo le interesan los hombres, ya veréis como a las mujeres y los niños los abandonan a su suerte.
Pasaban los días, caminando hasta Cajamarca, allí nos volvieron a reunir todas las familias, y se relaja un tanto la vigilancia, los soldados empezaron a tener gran cantidad de chicha a su disposición. Mis padres decidieron aprovechar la ocasión para escapar. Así en mitad de una noche, salimos con sigilo, del campamento. Al poco amaneció y durante todo el día avanzamos en nuestra huida con miedo a ser perseguidos. Mi hermana Duchicela se encargaba de mis dos hermanos menores, mientras yo ayudaba a mis padres, llevando lo poco que teníamos.
Al atardecer del día siguiente llegamos a la orilla de un lago. Allí, ocultos entre la maleza, pasamos la noche. A la mañana todo el cuerpo me dolía, especialmente las piernas. Nuestro avance fue más lento, descendimos las montañas buscando los valles, el clima se iba haciendo cada vez más agradable, los riachuelos eran muy abundantes.
Un momento especial fue cuando vimos, en la otra orilla del río, varios árboles de Camu-Camu, los frutos parecían maduros y buscamos la manera de cruzar.

Mi padre, ayudado por un bastón, tanteaba las rocas y avanzaba, le seguían mis dos hermanos pequeños -jugando- vigilados por Duchicela procurando no se distrajeran, después iba yo y cerrando la marcha, mi madre Guatamba. En un instante uno de mis hermanos resbaló y cayó al río, el agua le arrastró, mi madre gritaba y quería ayudarle, pero fue mi hermana quien se lanzó al río, logrando agarrarlo y sacarlo a la orilla.
Cuando cuento este acontecimiento, creo es necesario aclararos: vosotros aprendéis a nadar antes que a andar, seguro os parecerá un hecho sin importancia. Pero debéis saber: ninguno de nosotros sabíamos nadar, porque en nuestra sierra los ríos y lagos son de agua muy fría, y no es normal bañarse y mucho menos nadar en los ríos.

De río salieron tiritando, mi madre les quitó la ropa y los envolvió en mantas. Así quedaron sentados al sol, con los vestidos colgados en un arbusto, mientras mi padre y yo, conseguimos los frutos del Camu-Camu y preparamos un gran banquete, allí pasamos la noche. Al amanecer nos pusimos en marcha siguiendo el curso del río, a veces el valle se bloqueaba y el río bramaba entre dos paredes de rocas, entonces nosotros nos alejábamos de la orilla.
Una vez, subiendo tanto tiempo por una pendiente, la noche se nos echó encima sin tener decidido donde dormir, en medio de la ladera improvisamos un campamento. Del viaje solo recuerdo el cansancio y la alegría de la liberación.
Después de mucho caminar llegamos a la Aldea bajando por el río, llevábamos varias semanas buscando donde asentarse. Vimos un grupo de niños jugando, nadando en la orilla. Procuramos hacer gestos amistosos, pero aquellos huyeron corriendo hasta la Aldea. Al rato vimos un grupo de mujeres: se acercaban con paso decidido, una de ellas, alzó la voz y nos dijo.
-¿Quiénes sois? ¿Qué queréis?
No entendimos bien sus palabras, pues hablaba un idioma desconocido. Mi padre, Chamba, replicó en el lenguaje de los incaicos y así pudimos comunicarnos.
-Veníamos del norte -afirmó con decisión mi padre- huyendo de los soldados del Inca, han conquistado nuestro pueblo. Tenemos la intención de encontrar un lugar donde instalarnos.
-Yo soy la MAMA-COYA Kusi -manifestó aquella mujer- podéis quedaros en la Aldea durante un tiempo, se reunirá el consejo de madres y decidiremos.
En compañía de aquellas mujeres subimos por el camino de las Chirimoyas hasta la Aldea y nos alojaron en una casa vacía, parecía abandonada aunque estaba habitable. Era una sola estancia de planta circular, como las de nuestra Aldea, las demás casas eran de cuatro paredes. En todas el suelo era de tierra tan aplastada, mojada y vuelta a pisar, que llegaba a tener casi la consistencia del adobe de las paredes. Mi madre nos fue acomodando, en la penumbra distinguimos al fondo una estera, colgando del techo, dividía la habitación en dos estancias.
Al atardecer vieron varios jóvenes, entre ellos Sisa (Mujer que siempre vuelve a la vida), la hija de la MAMA-COYA, nos llevaron víveres pensando, como en efecto sucedía, no tendríamos casi nada. Se quedaron con nosotros y surgió la conversación. Para mí fue una sorpresa ver cómo Sisa llevaba la voz cantante y, relegando a mi padre, se dirigía directamente a mi madre. Empecé a pensar: en esta Aldea la función social de la mujer era distinta, pero aún no tenía muchos motivos para suponerlo.
Y así empezó nuestra vida en la Aldea, al poco tiempo, un atardecer se reunió el Consejo de Madres y nos llamaron para comunicarnos su decisión.
-Durante estos días os hemos observado -comenzó a declarar la MAMA-COYA Kusi- y estamos inclinados a aceptaros. Con algunas condiciones: hablaréis nuestro idioma, aunque podéis usar el vuestro cuando converséis entre vosotros. Colaboraréis en los trabajos. Chamba se marchará a la Aldea del Mar donde participará con los demás maridos en la pesca. Guatamba puede elegir uno de los trabajos de las Madres. Duchicela y Dumma se incorporarán al grupo de los jóvenes en sus labores y los dos pequeños cuando cumplan los cinco años se le pondrá nombre y formarán parte de la Aldea, por ahora solo son los hijos de Guatamba. ¿Aceptáis estas condiciones?
Mis padres hablaron entre ellos y al fin mi madre respondió:
-Estamos de acuerdo.
-Muy bien -retomó el hilo la MAMA-COYA- también participaréis en las costumbres de nuestro pueblo. Cada día nos reunimos todas las madres a orillas del Virú. Entre baños y conversaciones resolvemos los problemas y nos sentimos como una comunidad. Tú, Guatamba, participarás, como todas las Madres en el Consejo. Una vez al mes celebramos la fiesta del Plenilunio, durante esa semana, los hombres vienen a la Aldea, viven con sus familias y colaboran en los trabajos especiales. La fiesta del Templo, alrededor de la Kala, vosotros podéis no participar en esa ceremonia, pero si en la celebración: la comida y las danzas de la noche.
Mi hermana se acerca a mi madre y le susurra:
-Mamá, pregunta sobre nuestros vestidos y nuestros adornos del pelo.
-Duchicela -interrumpió la MAMA-COYA- tú también puedes hablar en este Consejo, pues todos habéis sido invitados. ¿Qué es lo que te preocupa o no estas de acuerdo?
-A nosotros -afirmó Duchicela- nos gusta vestir de otro modo, nuestras túnicas tienen colores mucho más vivos y brillantes, comemos otras cosas y además, no nos cortamos el pelo nunca. La Pachamama nos lo ha regalado y nosotros lo respetamos y adornamos
-Ya hemos considerado esas costumbres -aclaró la MAMA-COYA- y nos parecen honorables. Si surgiera algún problema en el futuro, se debatiría en el Consejo, pero opinamos no son cosas importantes.
Mucho otros asuntos terminaron aclarados en aquel Consejo y nosotros queríamos quedarnos en la Aldea aunque para ello debiéramos aceptar algunas de sus costumbres.
